Sabemos que el corazón nunca se cansa si lo cuidamos bien, pero si corremos mucho o andamos demasiado, o ejecutamos cualquier ejercicio análogo, imponemos a nuestro corazón un trabajo excesivo. Mientras gozamos de salud, una de las facultades más notables que posee nuestro corazón es la reserva de fuerzas de que puede disponer en un momento dado. Cuando nos quedamos sin aliento es que hemos recurrido a esta reserva de fuerzas.
Cuando corremos gastamos buena cantidad de aire, de igual modo que se da origen a su consumo en el horno de una locomotora, al hacer marchar el tren a mucha velocidad.
Por tanto es preciso que la sangre circule con rapidez por los pulmones, donde se provee del oxígeno del aire que aspiramos. Por consiguiente el corazón tiene que latir más de prisa, y así lo hace hasta alcanzar cierto límite, por encima del cual sobrevienen la falta de alimento y la fatiga que experimentamos después de un gran esfuerzo.