Con toda justicia se le llama a Roma la ciudad eterna, en ella se funden el pasado, el presente y el porvenir en una maravillosa síntesis de belleza y magnificencia, de gracia y humildad.
Junto a las imponentes ruinas de la Roma imperial, que ejercen sobre el turista una atracción extraña y solemne, se yerguen edificios de concepción ultramoderna. Al lado mismo de construcciones que se alzaron hace dos o tres centurias, y que aún son habitables, se hallan los bloques de los barrios nuevos trazados en la Roma de la tercera y cuarta década de nuestro siglo.
No se puede dar un paso por las calles romanas sin pisar suelo histórico; la ciudad que llevo sus legiones en conquistar el mundo, la Roma de los Cesares, se diría que palpita aun bajo el pavimento de las modernas autopistas; y aquí y allá, venciendo al tiempo, surge las entrañas de la tierra un testimonio marmóreo que la veneración de los romanos contemporáneos ha conservado intacto